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REFUGIADAS YAZIDÍES: ABANDONADAS A SU SUERTE, SE UNEN PARA GANAR FUERZA EN LA ADVERSIDAD

31, Ago. 2016 | Categoría: ,

A girl in Khakhe camp who was a victim of Islamic State abuse. This anonymous woman A girl was a victim of abuse by the armed group calling itself Islamic State. Hundreds of Yezidi women and girls have had their lives shattered by the horrors of sexual violence and sexual slavery in IS captivity,” said Donatella Rovera, Amnesty International’s Senior Crisis Response Advisor, who spoke to more than 40 former captives in northern Iraq. “Many of those held as sexual slaves are children – girls aged 14, 15 or even younger. IS fighters are using rape as a weapon in attacks amounting to war crimes and crimes against humanity.” The women and girls are among thousands of Yezidis from the Sinjar region in north-west Iraq who have been targeted since August in a wave of ethnic cleansing by IS fighters bent on wiping out ethnic and religious minorities in the area. The horrors endured in IS captivity have left these women and girls so severely traumatized that some have been driven to end their own lives. Nineteen-year-old Jilan committed suicide while being held captive in Mosul because she feared she would be raped, her brother told Amnesty International.

María Serrano, responsable de campañas de Amnistía Internacional

Hace dos años, el grupo armado autodenominado Estado Islámico barrió el norte de Irak en una campaña sistemática de limpieza étnica contra comunidades minoritarias.

El grupo secuestró a miles de hombres, mujeres, niños y niñas yazidíes, los obligó a convertirse al islam y mató a sangre fría a cientos de hombres. Las mujeres y niñas capturadas fueron torturadas, con violación incluida, obligadas a casarse, “vendidas” o entregadas como “regalo” a los combatientes del Estado Islámico o sus simpatizantes y forzadas a la esclavitud sexual. A los niños los separaron de sus familias y los enviaron a campos de adiestramiento militar.

Se calcula que aproximadamente 3.800 mujeres, niños y niñas yazidíes permanecen en cautiverio. Cientos de miles se han desplazado internamente en Irak. Muchos otros se han convertido en refugiados.

Cuando visitamos el campo de refugiados de Nea Kavala en Grecia, en julio, había unos 400 hombres, mujeres, niños y niñas yazidíes viviendo allí, en condiciones atroces, con otros aproximadamente 2.000 solicitantes de asilo. Esperaban mientras el resto de Europa daba largas a la crisis de refugiados.

Llevaban meses durmiendo en tiendas en condiciones repugnantes, expuestos a insectos, serpientes y las altísimas temperaturas veraniegas. Aunque podían sobrevivir con las raciones de comida proporcionadas por el ejército griego, nos dijeron que la comida era espantosa y que no tenían agua potable suficiente.

Cuando llegamos, a la entrada del campo había sentados policías y soldados. Más allá había unos contenedores en los que se ubicaban las oficinas del ejército griego. Un camino pavimentado separaba los contenedores de las filas de tiendas, dispuestas en hileras. Las primeras tiendas estaban ocupadas por yazidíes, que en muchos casos nos dieron una cálida bienvenida.

En el calor sofocante que se respiraba tanto dentro como fuera de las tiendas, los yazidíes nos contaron sus terribles historias de huida.

Luchando por sobrevivir, cruzaron montañas y fronteras, sólo para encontrarse con la miseria en los campos de Turquía. Continuaron su viaje en busca de protección, y tuvieron que pagar a traficantes para que les cruzaran el mar Egeo, sólo para encontrarse atrapados en Grecia, con las fronteras de Europa cerradas ante ellos.

El viaje fue especialmente angustioso para ancianas yazidíes como Sarif: es ciega, y su familia nos dijo que tiene más de 100 años. Su hijo la cargó a la espalda todo el camino desde Irak hasta Turquía.

Bahar Salaman tiene 91 años y sufre problemas cardiacos. Tampoco ella podía caminar, pero viajó con su familia y cruzó el mar Egeo, conocido por algunos yazidíes como “el mar de la muerte” por la cantidad de personas refugiadas a las que se ha tragado.

Abandonados a su suerte en un clima de inseguridad

La guerra no sólo ha destrozado vidas, sino que también ha minado la coexistencia de distintas comunidades. Las tensiones y la desconfianza cundían entre los yazidíes y otros grupos que vivían en el campo.

Los hombres yazidíes organizaban turnos por la noche, pues temían los ataques de otros solicitantes de asilo.

También conocimos a Kurtey, Ghazal, Karmey, Beshey y Noorey, que nos dijeron: “nos asustan los combates, no nos sentimos a salvo en el campo”.

Para apoyarse mutuamente, habían formado un “círculo de protección” con el que habían buscado la fuerza en la unión: por ejemplo, para acompañarse unas a otras al cuarto de baño.

“No usamos las duchas del campo. En lugar de eso, hemos construido un hammam (baño turco) junto a nuestras tiendas.”

El trauma de la guerra era un recuerdo vivo y doloroso. Karmey rompió a llorar al recordar cómo se vio obligada a huir junto con dos de sus hijos y tuvo que dejar a los otros tres en Irak.

Todos los integrantes de la comunidad yazidí, tanto hombres como mujeres, pensaban que la policía griega no hacía nada para protegerlos frente a los incidentes en el campo. Esta opinión la compartían también solicitantes de asilo de otras nacionalidades en el campo.

Al igual que a otras refugiadas, a las mujeres yazidíes les preocupaban la comida, la atención médica y, más en general, las terribles condiciones de vida en Grecia.

“Nos pasamos el día pensando, deprimidas, yendo de una tienda a otra”.

Sin embargo, todas coincidían en que los problemas principales eran la inseguridad y la falta de educación para sus hijos.

“Antes no teníamos nada, pero al menos teníamos educación. Vivíamos de la esperanza, pero la esperanza ha desaparecido.”

Tras llegar a Grecia y pasar más de cinco meses en el campo de Nea Kavala, las personas yazidíes sentían que el mundo las había olvidado y no se ocupaba de ellas.

Muchas aún esperan a ser reubicadas o a reunirse con sus familiares en otros países europeos. Pero la espera es demasiado larga y –para ellas– insoportable.

La incertidumbre está devastando sus aspiraciones colectivas de permanecer unidas como una comunidad. Los solicitantes de asilo yazidíes han sobrevivido a abusos brutales del Estado Islámico, han recorrido miles de kilómetros para escapar, y ahora se encuentran con que los líderes europeos no les prestan atención. Las mujeres yazidíes nos dijeron con valentía:

“Queremos que todos los líderes europeos escuchen nuestras voces. Que nos saquen del campo, de Grecia.”

Todos los Estados europeos comparten una responsabilidad colectiva; pueden y deben ofrecer plazas de reubicación, reagrupar familiar y conceder visados. La responsabilidad de ofrecer protección a las personas refugiadas en Europa no puede recaer exclusivamente en Grecia.

No obstante, el gobierno griego debe abordar de manera inmediata y urgente la inseguridad reinante en algunos de los campos, y proporcionar a los solicitantes de asilo un cobijo y una atención adecuados. También deben garantizar que existen instalaciones seguras y separadas para las mujeres y niñas.

Al principio de este mes, unos días después de que me reuniera con ellas, las personas yazidíes decidieron abandonar Nea Kavala. Más de 400 pasaron dos noches al raso antes de ser finalmente trasladadas a un nuevo campo: Dimitra.

Dos años después de que el Estado Islámico las expulsara de sus casas, las mujeres yazidíes con las que hablamos continúan en Grecia. Aquí, en suelo europeo, esperan que llegue el día en que puedan reunirse con sus familias o reubicarse en otro lugar de Europa, y que llegue el momento en que por fin se puedan sentir seguras de nuevo.

 

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