La pandemia de COVID-19 ha afectado gravemente a la gente joven, interrumpiendo la educación, haciendo peligrar su trabajo y sembrando de incertidumbre su futuro.

Pero la gente joven también ha sido uno de los grupos más activos en responder a la pandemia y hacer campaña en favor de los derechos humanos. Siete jóvenes activistas de Malasia, Afganistán, Senegal, Polonia, Australia y Kirguistán contaron a Amnistía las iniciativas extraordinarias que pusieron en marcha o en las que se involucraron p

ara apoyar a su comunidad.

DEFENDER LOS DERECHOS DE LAS MUJERES

En Polonia, Sandra Grzelaszyk, de 20 años, hace campaña por los derechos de las mujeres, especialmente el acceso al aborto. Polonia ya tiene algunas de las leyes sobre el aborto más estrictas de Europa, y este mismo año se presentó en el Parlamento un proyecto de ley que, de aprobarse, prohibiría el aborto en los casos de malformaciones graves y mortales del feto. La imposibilidad de protestar en la calle debido a

l confinamiento hizo que Sandra y sus compañeras de campaña trasladaran el activismo a Internet. Publicaron fotos y vídeos invitando a la gente a hacerse oír firmando la petición de Amnistía Internacional Polonia para impedir la promulgación de la ley. Hasta la fecha, más de 80.000 personas han firmado la petición.

“Los dirigentes están utilizando la pandemia para aumentar su poder o cambiar la ley. Nos enfadaba enormemente que el gobierno pudiera hacer algo así durante un momento tan difícil para todo el mundo, sin que la ciudadanía tuviese la posibilidad de expresar sus objeciones. Someterse a un aborto es una decisión personal en todos los casos. Sólo cada mujer sabe cuál es la mejor decisión para ella. No creo que el feto sea más importante que la vida de una mujer. La gente puede tener distintos planes para su vida; no todo el mundo quiere tener familia e hijos, y está bien. Hay personas que quieren controlar el cuerpo de las mujeres, pero las mujeres no somos bienes que puedan poseerse. Soy una mujer, y sólo quiero vivir mi vida sin miedo y sin que me controlen sólo por mi género.”

REPARTIR MARCARILLAS

En Senegal, Mamadou Diagne, de 25 años, reparte mascarillas a algunas de las personas que corren mayor riesgo de infectarse de COVID-19 para intentar ralentizar la propagación del virus. Hasta el momento, él y sus compañeros y compañeras voluntarios han repartido 1.000 mascarillas a comerciantes que deben llevar protección facial y utilizar desinfectante de manos, según las reglas establecidas por las autoridades. Las mascarillas habían sido donadas por un exactivista de Amnistía que ahora vive en Países Bajos.

“La gente se alegra recibir estas mascarillas, porque no todo el mundo tiene la posibilidad de conseguirlas. Los comerciantes están en contacto con gente durante todo el día, por lo que están más expuestos que otras personas. Si se contagian pueden propagar el virus muy rápido. También queremos entregar mascarillas a mendigos y talibés (niños obligados a mendigar por maestros de las escuelas coránicas). Son vulnerable porque, al igual que los comerciantes, están todo el día en contacto con gente. Combatir esta pandemia no es fácil. La gente tiene miedo a este coronavirus. Cuando corre el rumor de que tal o cual persona tiene COVID-19, se estigmatiza y avergüenza a esa persona.”

LUCHAR CONTRA LA XENOFOBIA

En Malasia, Heidy Quah, de 26 años y fundadora de la ONG Refuge For The Refugees (Refugio para las Personas Refugiadas), ayuda a algunas de las personas más marginadas de la sociedad. La ONG de Heidy ofrece escolarización a niños y niñas refugiados, pero durante la pandemia se ha adaptado para satisfacer las necesidades de las familias refugiadas. Heidy distribuye productos básicos como arroz, huevos y leche en polvo a familias refugiadas gravemente afectadas por la “orden de control de la circulación” dictada para detener la propagación de la COVID-19.

Heidy también denuncia el trato que el gobierno malasio está dando a las personas refugiadas durante la crisis. Con la excusa de combatir la COVID-19, el gobierno ha detenido a miles de personas migrantes indocumentadas, entre ellos niños y niñas, y las ha recluido en centros de detención. Las publicaciones de Facebook en las que Heidy denuncia las condiciones deplorables de estos centros le han valido amenazas de muerte, hostigamiento online y el cuestionamiento de la policía; pero ella está decidida a utilizar su voz. Amnistía ha defendido el derecho a la libertad de expresión de Heidy y otros activistas como ella.

“Las detenciones masivas han dado lugar a la masificación de los centros de detención. A su vez, la masificación ha hecho que en esos centros se haya producido un aumento de los casos. Debido al hacimiento, la COVID-19 se ha propagado como un incendio y el número de casos se ha incrementado fuertemente. Hemos sabido de historias de bebés nacidos en centros de detención que, al nacer, son declarados casos positivos de COVID-19. Así de terrible es la situación ahora mismo. No puedo ni empezar a imaginarme cómo debe de ser tener esa preocupación tan terrible por mi propia seguridad. No entiendo por qué necesitamos tratar a otros seres humanos de un modo tan horrendo. Me frustra. ¿Cómo querría yo que me tratasen si algún día me detienen? ¿Qué querría que hiciesen por mí las comunidades a las que pertenezco? ¿Qué puedo hacer con los privilegios que tengo? No se trata de poseer una casa lujosa, un buen coche y poder irse de vacaciones, sino más bien de tener voz, y que tu voz cuente.”

ACERCAR LOS LIBROS A NIÑOS Y NIÑAS

En Afganistán, Mohib Faizy, que tiene 19 años y estudia Tecnologías de la Información en la Universidad Americana de Afganistán, ha acercado los libros a centenares de niños y niñas que, de otro modo, no tendrían acceso a ellos. Con una herramienta de grabación de vídeo, Mohib se ha grabado a sí mismo leyendo libros infantiles que contienen mensajes poderosos sobre la humanidad. Esos vídeos se publicaron luego en la página de Facebook de LEARN, ONG que trabaja para proporcionar educación de calidad a los niños y niñas afganos, y se distribuyeron en memorias USB a docentes y niños y niñas de todo el país.

“Mi amiga Pashtana Durrani, activista de Amnistía, compartió conmigo un sitio web que contiene muchos libros infantiles en pastún y dari. Elegí sólo los que me parecían realmente útiles y tenían un mensaje importante para los niños y niñas. Siempre los leía antes de grabarlos. Hay muchos distritos en los que los niños y niñas no tienen acceso a la escuela. Estamos creando escuelas para ellos. Nuestro plan, con el tiempo, es cargar estos libros en tabletas y entregárselas a estudiantes necesitados que hayan manifestado su entusiasmo con aprender y recibir una educación. Siempre he querido mejorar la sociedad, y esta es una muy buena oportunidad para servir a mi gente.”

USAR EL ARTE PARA APOYAR A VOCES MARGINADAS

En Australia, Fin Spalding, que tiene 21 años y es miembro del grupo asesor juvenil de Amnistía Australia y uno de sus líderes LGBTI nacionales, está creando una campaña de “artivismo” online que combina el arte y el activismo en apoyo a las personas LGBTI. La campaña expondrá obras de arte de personas LGBTI sobre el tema de la visibilidad. No sólo proporcionará una vía para que las personas se expresen, sino que también pretende poner de relieve la difícil situación de las personas que corren peligro simplemente por ser quienes son. La campaña se lanzará en Instagram en agosto.

“Tradicionalmente, en la comunidad queer hemos utilizado el arte para expresarse y hemos ampliado sus límites. Esta campaña se centra en la visibilidad en la pandemia de COVID-19 y arroja luz sobre las personas queer en la sociedad australiana. Revelará la discriminación que soportan las personas queer, pero también pondrá el foco sobre el talento artístico que hay en nuestra comunidad, como el drag, la moda y el maquillaje.”

AYUDAR A PERSONAS LGBTI A HACER CUARENTENA EN ESPACIOS NO SEGUROS

En Kirguistán, Farkhad Musazov, de 24 años, apoya a jóvenes LGBTI que hacen cuarentena en espacios no seguros, entre los que a veces se encuentra el hogar familiar. A través de su organización, Kyrgyz Indigo, Farkhad ayuda a jóvenes LGBTI que necesitan apoyo psicológico y jurídico mediante la publicación de sus datos de contacto online. Kyrgyz Indigo, entidad asociada de Amnistía en su campaña anual Escribe por los Derechos, también proporciona ayuda humanitaria y un espacio seguro en cinco refugios temporales a personas LGBTI, lo que incluye a activistas. También colabora con otra organización, Labrys, para distribuir alimentos, productos de higiene personal y equipos de protección individual como guantes y mascarillas de uso médico a centenares de personas LGBTI en todo el país.

“Muchas personas LGBT+ que han perdido su trabajo e ingresos durante la pandemia se han visto obligadas a regresar con su familia. Pero están teniendo dificultades para expresarse. Sus familias quieren controlar su comportamiento y su discurso. Además, la generación mayor es en su mayoría muy conservadora y religiosa, lo que significa que las personas LGBT+ se exponen a mucha tensión y hostilidad en el hogar. Muchas sufren violencia en el ámbito familiar y no tienen un lugar al que regresar.”

GARANTIZAR QUE NO SE DEJA A NADIE ATRÁS

Hasan Al-Akraa, estudiante de 20 años y refugiado sirio, comprende mejor que la mayoría las dificultades a las que se enfrentan las personas refugiadas. Antes, en tiempos normales, algunas personas refugiadas ya tenían dificultades para dar techo y alimento a su familia, pero la COVID-19 ha precarizado la vida aún más. Recientemente, Hasan se vinculó a Amnistía para compartir su experiencia como uno de los muchos activistas jóvenes que apoyan a personas migrantes y refugiadas. A través de la Red de Voluntarios Al Hasan, fundada por él, ha distribuido paquetes de alimentos a familias refugiadas en Malasia, dónde vive ahora. También ha recaudado dinero mediante financiación colectiva (crowdfunding) para pagar los gastos hospitalarios y la renta de personas refugiadas con dificultades, especialmente madres solteras, niños y niñas huérfanos, personas enfermas y familias con seis o siete bocas que alimentar. Lo hace porque no puede pasar por alto el sufrimiento que le rodea.

“Durante la orden de control de la circulación, todo el mundo lo pasó mal, no sólo las personas refugiadas. También la ciudadanía malasia. Pero debemos entender que quienes ya tenían dificultades antes de dictarse la orden ahora tienen el doble. No podemos dejar a esas personas atrás. Entre ellas hay personas refugiadas, familias con ingresos bajos y familias acogidas al plan nacional de vivienda pública social. No queremos ver a familias ni a niños o niñas viviendo en la calle; ni a personas esperando a las puertas de un hospital para dar a luz sin que las admitan. No queremos que nadie muera ni que su estado de salud empeore mientras nos quedamos de brazos cruzados. No queremos ver a nadie irse a la cama con hambre. Nos negamos a eso. Para nosotros, ayudar es muy importante. Ayudamos a todo el que se acerca a pedir ayuda.”