Para conmemorar el aniversario del inicio de la invasión en gran escala lanzada por Rusia, Lera Burlakova, coordinadora de Medios de Comunicación y Campañas de Amnistía Internacional Ucrania, reflexiona sobre la vida, el trabajo y la crianza de un hijo en tiempos de guerra, y también sobre el trabajo de derechos humanos que no puede delegarse a lugares más seguros.
La intervención militar de Rusia en Ucrania comenzó mucho antes de su invasión en gran escala de febrero de 2022. Por aquel entonces, en 2014, dejé un empleo de periodista que me encantaba y me uní al ejército ucraniano. Lo hice porque me sentía culpable. Durante el Euromaidán, se disparaba a la gente en las calles de Kiev. Había personas que no tenían ni siquiera 18 años. Se alzaban por la libertad. Yo había construido mi vida declarando que defendía también la libertad, pero de repente las palabras no bastaban. Morían adolescentes, y yo seguía viva. Unirme al ejército era la única manera que se me ocurría de asumir esa culpa, la única manera en la que podía mirarme al espejo.
Serví en primera línea durante tres años, y me quedó una discapacidad. Me llevé conmigo la guerra a casa desde el este. Cuando hablaba de que imaginaba bombas cayendo en el centro de Kiev, mi psicoterapeuta sugería ansiedad o estrés postraumático. Para mí no era ninguna de las dos cosas. Era una predicción.
Pero la vida seguía adelante en lo que por aquel entonces eran ciudades ucranianas pacíficas. La mía también lo hizo. Nació mi hijo.
Sentíamos que la invasión estaba cerca
Sin embargo, a principios de 2022, muchas personas en Ucrania sentían que la invasión estaba cerca, pero no querían creerlo.
Unas semanas antes de que comenzara la invasión en gran escala, yo estaba en viaje de trabajo en Frankfurt, y tenía previsto volar de vuelta a casa, en Kiev, esa tarde. Lufthansa canceló el vuelo. Sus tripulaciones ya no querían pasar la noche en Ucrania.
Mi hijo estaba en Kiev.
Yo ya conocía la guerra: incomunicación, ruinas, fuego. Ya lo había visto. Ya había perdido a mi prometido por su culpa. Recuerdo sostener su mano helada, ponerme su chaqueta manchada de sangre en primera línea, dormir con ella.
Mis padres llamaron esa mañana para despedirse. Por fortuna, sobrevivieron.
La muerte no era un concepto abstracto. Tenía nombres. Me aterraba que el aeropuerto de Kiev se convirtiera en otro aeropuerto de Donetsk de la noche a la mañana: un día había vuelos, y al siguiente no. Un día la vida aún latía, y al siguiente se detenía abruptamente bajo las ruinas.
Mi vuelo de la mañana aún estaba operativo. Volé a casa, hice el equipaje a toda prisa, metí a mi hijo en el auto y dejamos Ucrania ese mismo día, semanas antes de que comenzara la invasión. Así, el 24 de febrero yo estaba fuera del país. Mis padres llamaron esa mañana para despedirse. Por fortuna, sobrevivieron.
Lo que me aterraba no eran los bombardeos. Había visto a los rusos de cerca. Había visto cómo tratan a los civiles y los prisioneros de guerra. Sabía lo que significaba la ocupación. Bucha no fue una sorpresa. Así que ese mismo año regresé.
La supervivencia implica sacrificios
Regresé junto con mi hijo, que tenía cuatro años. La primera vez que oyó la sirena de ataque aéreo se echó a llorar. Le dije: la sirena no está para asustarte. Está para avisarte, para que puedas tener cuidado. Esa definición se convirtió en parte de nosotros. Al igual que todo el mundo aquí, aprendimos a adaptarnos a cosas a las que nadie debería tener que adaptarse.
Durante los primeros meses, y aun hoy a menudo, la supervivencia implica sacrificios. En nuestro edificio no hay refugio antiaéreo. El más cercano es una estación de metro. Si corres al refugio cinco veces al día y a menudo durante la noche, cargando con un niño y perros, dejas de funcionar. Los niños dejan de aprender. Los adultos dejan de trabajar. A veces resulta más peligroso correr: la velocidad de los misiles es mayor que la tuya para ponerte a salvo. Así que haces cálculos. Eliges cuándo ignorar la sirena. Eliges cuándo quedarte.
Cuatro años después, la vida en Ucrania consiste en supervivencia cubierta de una capa de normalidad tozuda. Este invierno ha sido el más duro. Desde mediados de enero, en nuestro edificio no hay calefacción. Las temperaturas cayeron de forma brutal. Nos instalamos en una habitación. Recordaba Donbas —edificios destruidos, ventanas tapadas con mantas, dormir con gorro— y usé todo lo que sabía. El modo supervivencia restringe la vida. Tu horizonte se vuelve estacional. Vivimos hasta la primavera.
No puedes evacuar a tres millones de personas de Kiev
La gente pregunta por qué no nos marchamos. No puedes evacuar a tres millones de personas de Kiev. Y, lo más importante: Rusia quiere que entremos en pánico. Quiere que nos marchemos. Por eso precisamente no lo hacemos.
Mi pareja está en el ejército. Apenas le veo: quizá dos semanas el último año. En esta guerra ya he perdido a alguien a quien amaba, así que el miedo a veces te atenaza hasta dejarte sin respiración. Lo que más duele es el tiempo perdido. Esta es la única vida que tenemos, y se mide en visitas cortas y regresos inciertos.
Dormimos en el vestíbulo, porque ahí no hay ventanas. Nada te salva de un impacto directo, pero las paredes te protegen de los cristales rotos.
Mi hijo es un niño curioso y feliz. Le gustan los gofres, los Lego y la Guerra de las Galaxias. Cree que, al final, el bien vence sobre el mal. Tratamos de vivir de acuerdo con esa creencia, incluso cuando estamos cansados.
La mayoría de las noches hay un ataque aéreo. Dormimos en un colchón en el vestíbulo, porque ahí no hay ventanas. Nada te salva de un impacto directo, pero las paredes te protegen de los cristales rotos. Un día normal empieza comprobando si hay alerta aérea. Si la hay, la escuela empieza una hora después de que termine la alerta. Las escuelas sólo funcionan si tienen refugios. Los niños y las niñas siguen estudiando bajo tierra cuando es preciso.
No hay calefacción, a menudo tampoco electricidad, y en ocasiones no hay agua
Yo trabajo sobre todo en casa o sobre el terreno. Mi equipo y yo trabajamos con medios de comunicación tanto extranjeros como ucranianos, organizamos exposiciones para concienciar y contar historias, y recopilamos numerosos testimonios y cientos de historias personales. No hay calefacción, a menudo tampoco electricidad, y en ocasiones no hay agua. Al mismo tiempo, los cafés permanecen abiertos gracias a la gasolina y los ruidosos generadores. Puedes cargar tu ordenador portátil en cualquier parte. La panadería de enfrente abre todas las mañanas con rollos de canela calientes. La gente se ayuda mutuamente todo el tiempo. La solidaridad aquí no es una consigna, es la que lo sostiene todo.
Es difícil trabajar así, pero precisamente por eso debemos quedarnos. El trabajo de derechos humanos no puede delegarse a países más seguros. Tienes que vivir en las mismas condiciones que las personas cuyos testimonios registras. Hablar con gente que lo ha perdido todo es como una extraña manera de sentirse en casa: nuestras experiencias se superponen. Nos comprendemos mutuamente sin largas explicaciones. Nos abrazamos.
Incluso los padres que han perdido a hijos e hijas en ataques aéreos rusos siguen hablando públicamente. Cuentan cuál era la fruta preferida de su hijo, su palabra favorita, no porque resulte fácil, sino porque quieren impedir la siguiente muerte.
Nuestras esperanzas son sencillas
Trabajo con familias de prisioneros de guerra. Una mujer con un cáncer terminal esperó más de tres años a su esposo, que estaba recluido en régimen de incomunicación. Cuando finalmente él fue objeto de un intercambio, ella publicó una foto de ambos besándose. El pie de la foto decía: “Ganamos.”
Así es como entiendo la victoria: seguir siendo nosotros mismos en las condiciones más adversas. No dejar que nadie cambie quiénes somos, lo que amamos, o dónde vivimos.
No hacemos planes a muy largo plazo. Nuestras esperanzas son sencillas: sobrevivir al invierno, mantener con vida a nuestros seres queridos, ver que se hace justicia, aunque lleve tiempo.
Amnistía nos brinda una esperanza: que, tarde o temprano, se hará justicia por todo el sufrimiento de las personas inocentes que han muerto en esta guerra de agresión.
Para nosotros, Amnistía Internacional es una puerta al mundo, una manera de hablar de lo que experimentamos, incluso cuando la atención mundial se vuelve hacia otros lugares. No somos una historia pasajera. Somos personas. Tenemos derechos.
Amnistía nos ofrece una plataforma, apoyo, peso institucional y la confianza que transmite su nombre. Permite que nuestros testimonios viajen más allá de nuestras fronteras hasta llegar a quienes toman las decisiones, a periodistas y a personas corrientes que quizá de lo contrario, no los escucharían.
Amnistía nos brinda una esperanza, la de que, tarde o temprano, se hará justicia por todo el sufrimiento de las personas inocentes que han muerto en esta guerra de agresión. Pero espero que sea cuanto antes, porque todos queremos presenciarlo.


