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“Intentemos escuchar a la gente que de verdad sabe lo que está pasando.”

25, Ene. 2022

TRABAJADORAS Y TRABAJADORES SEXUALES EN IRLANDA RECLAMAN SUS DERECHOS HUMANOS

En los últimos años, las cuestiones relativas a los derechos de las mujeres y la igualdad de género han saltado a la conciencia pública, y el movimiento #MeToo ha impulsado a millones de personas de todo el mundo a reclamar un cambio. Sin embargo, un grupo de población que se enfrenta a diario con esas violaciones de derechos humanos ha luchado para que la gente escuche a sus integrantes y sus demandas.

Las trabajadoras y los trabajadores sexuales son de las personas más marginadas y discriminadas de nuestras sociedades. Las nocivas leyes y prácticas, unidas a las barreras estructurales y sistémicas (como por ejemplo el racismo, la transfobia, los estereotipos de género y las desigualdades socioeconómicas) se encuentran a menudo en la raíz de los altos índices de violencia y otros abusos contra los derechos humanos que sufren estas personas.

En 2017, Irlanda reformó la Ley sobre Delitos Sexuales y tipificó la compra de sexo, con el objetivo expreso de abordar mejor la trata de personas con fines de explotación sexual y facilitar que quienes se dedican al trabajo sexual puedan denunciar la violencia.

Cinco años después, mientras el gobierno irlandés revisa la aplicación de su ley de 2017, una nueva investigación llevada a cabo por Amnistía Internacional expone de qué manera el estigma y el marco jurídico vigente en Irlanda perjudican a las trabajadoras y los trabajadores sexuales.

Aquí estas personas comparten sus experiencias, percepciones y demandas de un mundo mejor, sin leyes penales injustas, violencia ni estigma; un mundo en el que sus derechos humanos y su dignidad se respeten y defiendan.*

*NOTA: De acuerdo con los deseos de algunas de las personas entrevistadas, Amnistía emplea pseudónimos para proteger su identidad.

Seguridad y bienestar

Las trabajadoras y los trabajadores sexuales sufren a menudo terribles abusos contra los derechos humanos. Nos han contado que, en Irlanda, esto se debe en parte a las leyes que, en lugar de proteger a estas personas de la violencia, las ponen en peligro, las estigmatizan y las marginan.

En Irlanda, la venta de sexo es legal, pero las actividades que la rodean no lo son. Por ejemplo, la compra de sexo está prohibida. “Vanessa”, trabajadora sexual que realiza su trabajo en la calle, asegura que las leyes no aumentan su seguridad porque tiene que esconderse en lugares apartados y correr más riesgos, y tiene menos oportunidades de pedir ayuda:

Iba por un callejón sin salida que era discreto, así que los guardias no me iban a encontrar allí, ¿comprendes?, no podrían llegar en auto al lugar en el que nos encontrábamos. Pero, al mismo tiempo, yo no tenía vía de escape si algo salía mal […] Y eso era resultado directo de la presencia de la Garda atacando a los clientes […] Así que, en efecto, no me atacan a mí pero, si quieren, tienen un fuerte efecto en mi capacidad de sobrevivir.

En virtud de la disposición de la ley irlandesa sobre mantenimiento de burdeles, las personas dedicadas al trabajo sexual que trabajan juntas en una residencia para tener mayor seguridad son consideradas como mantenedoras de burdeles, y se arriesgan a fuertes multas, e incluso a la cárcel, si son declaradas culpables. El alquiler de alojamiento o locales para las personas que se dedican al trabajo sexual también puede ser perseguido como delito en virtud de esta disposición o de otra que tipifica “vivir de las ganancias de la prostitución”.

No está bien […] Ahora no te permiten trabajar en un lugar en el que haya dos personas, lo cual es ridículo. Sólo por seguridad. Y por compañía. […] Es terrible que no les permitan trabajar en parejas, dice “Ashley”, mujer irlandesa en la cincuentena.

Por favor, eliminen esta ley, déjennos trabajar juntas, no hacemos ningún daño […] Es peligroso trabajar sola. Muy peligroso, añade “B.”, trabajadora sexual rumana de 31 años.

Me volvía completamente paranoica la idea de que me atraparan haciéndolo, y evidentemente no me puedo permitir perder dinero o que me multen, o algo así. Así que, en realidad, esa política me ha aislado del todo […], explica “Poppy”, estudiante irlandesa de 24 años sobre el impacto de la ley en su bienestar.

Adeline, activista trans e intersexual y estudiante de doctorado, dice que ella y su esposa, que también es trabajadora sexual, fueron desalojadas del apartamento en el que vivían y trabajaban en Dublín a causa de estas leyes.

Realmente lo hemos perdido todo […] Invertimos todo lo que teníamos en ese lugar; era precioso. Invertimos hasta nuestro último penique, como auténticas idiotas, y no nos quedaba nada. Durante una temporada después, consideramos un suicidio planeado más seriamente de lo que lo había hecho en mucho tiempo.

El miedo al procesamiento y la profunda desconfianza en la policía afectan a la capacidad de las trabajadoras y los trabajadores sexuales de denunciar los crímenes de que son víctima.

Hoy, si viviera en mi apartamento y estuviéramos dos o tres allí trabajando y me pasara algo, probablemente no iría a la policía, porque harían una redada en mi casa una semana después, dice Trish, estudiante irlandesa de 35 años.

“Nia”, irlandesa de 26 años de raza mestiza, asegura que el racismo es otro factor que influye:

Se está procesando a un montón de personas de ciudadanía extranjera en Irlanda […] Me ven como una ciudadana extranjera, aunque no lo soy, y por eso tengo más probabilidades de ser procesada.

“A.”, persona migrante dedicada al trabajo sexual, trabaja en solitario y ha sufrido tres incidentes violentos, incluida la violación oral, pero no considera que acudir a la policía sea una opción:

Quiero conseguir la ciudadanía irlandesa. Cualquier antecedente penal me perjudicaría. Si trabajo con alguien más, corro más riesgo. Personalmente, prefiero arriesgarme con un cliente que con un policía […] No quiero ir a la cárcel. Me suicidaría.

Una vida sin estigma y sin prejuicios

Las trabajadoras y los trabajadores sexuales hacen campaña incansablemente contra el estigma dominante al que se enfrentan, que agrava la violencia de género y les impide acceder a ayuda y servicios a los que tienen derecho.

Hay poca gente que sepa que trabajo […] Si la gente supiera que aquí vive una trabajadora sexual, casi me echarían a pedradas de la casa, dice “Ashley”.

Hay un estigma, y la gente nos mira como si fuéramos basura, añade “M.R.T.R”, irlandesa de 40 años con experiencias de consumo de drogas y sinhogarismo.

“Vanessa” describe cómo percibe la población general a quienes realizan trabajo sexual en la calle:

Creo que las opiniones oscilan entre muy negativas —ya sabes, “eres escoria, eres basura”, “eres una delincuente” — y el tipo de imagen lastimosa y patética que otras personas pueden tener. Por eso, la “imagen amable” que se tiene de quienes trabajan en la calle es pura pena.

La violación se denuncia poco en todas partes, y las mujeres y las niñas sufren desproporcionadamente sus efectos destructivos. Para las personas dedicadas al trabajo sexual, los obstáculos a la hora de denunciar violencia de género, incluida la violación, se ven agravados por mitos adicionales que refuerzan la creencia nociva de que las trabajadoras y los trabajadores sexuales siempre dan su consentimiento al sexo. Consentir al sexo no significa consentir a la violencia.

Creo que mucha gente tiene una especie de percepción de que si te dedicas al trabajo sexual no te pueden violar. Cualquier persona puede sufrir una violación, aunque se dedique al trabajo sexual, dice “Neka”, trabajadora sexual británica de 27 años que vive en Irlanda.

Un puesto en la mesa

Para muchas de las personas dedicadas al trabajo sexual entrevistadas para el informe de Amnistía Internacional, la cuestión fundamental respecto a la revisión en curso de la ley es que hasta el momento, a lo largo del proceso, no se les ha consultado.

¿Por qué no intentamos escuchar a la gente que de verdad sabe lo que está pasando, la gente que sabe de qué habla, al menos por una vez?
“Kristina” es una estudiante y trabajadora sexual de 22 años establecida en Dublín. Su frustración la comparten muchas personas dedicadas al trabajo sexual que, con demasiada frecuencia, ven cómo se toman decisiones de leyes y políticas que afectan a sus vidas sin consultarles.

Las amenazas a las que se enfrentan las trabajadoras y los trabajadores sexuales no proceden sólo de los clientes o individuos de la sociedad; el propio sistema en el que vivimos es el origen de gran parte de la violencia a la que se enfrentan.

Tal como destaca el informe de Amnistía, las leyes concebidas para proteger a estas personas están agravando los riesgos a los que se enfrentan, junto con otros factores estructurales y sistémicos como el racismo, la transfobia, el estigma y las barreras socioeconómicas. Con una cuestión tan compleja y ramificada, ¿existen dudas de que el Estado debería consultar a las personas más afectadas?

El ignorar las experiencias de violencia de las personas dedicadas al trabajo sexual cuando se elaboran y revisan las leyes y políticas que les afectan sólo sirve para ponerlas en un mayor peligro, como en el caso de “Aoife”, trabajadora sexual de 29 años que fue violada por un cliente.

Al principio estaba furiosa con el tipo que me hizo aquello […] Pero luego mi segunda reacción fue ponerme realmente furiosa con la Garda [la policía irlandesa] y con el gobierno y con las políticas y con el Estado. Porque estoy en una situación en la que esto pudo suceder a causa de estas leyes.

Respeto por las decisiones individuales de las trabajadoras y los trabajadores sexuales

Nadie debe sufrir coacción para vender sexo, y todo el mundo debe poder dejar el trabajo sexual si lo desea y cuando lo desee, pero quienes decidan vender sexo para ganarse la vida tienen derecho a la seguridad, la dignidad y la protección de sus derechos humanos.

Los motivos para dedicarse al trabajo sexual son a menudo complejos y están entrecruzados. Las trabajadoras y los trabajadores sexuales nos cuentan que las circunstancias difíciles no eliminan su capacidad individual de tomar decisiones sobre su propia vida.

Es una cuestión totalmente intersecctional: tienes cuestiones de identidad de género, migración, todo tipo de cosas relacionadas con la pobreza, la falta de domicilio, la paternidad y maternidad, el ser madre o padre soltero. La lista es interminable […] Cuando alguien examina la situación en la que está y dice, vale, tengo que hacer este tipo de trabajo […] Si no tengo acceso a ingresos legales, o soy migrante, o soy una persona trans que intenta acceder a atención médica, tengo que conseguir una cierta cantidad de dinero […] La gente toma decisiones en esas situaciones, explica “Aoife”, persona trans no binaria.

“Vanessa”, que tiene experiencias de consumo de drogas y sinhogarismo, dice:

No podía permitirme comprar ropa. Ni siquiera podía permitirme artículos esenciales. Y, como es natural, pensé: voy a volver una vez más a lo que conozco; porque, ya sabes, incluso habiendo estado años trabajando supuestamente en servicios, el único trabajo por el que realmente me han pagado en mi vida es el trabajo sexual […] Y, de hecho, en parte volví a las calles porque era un poco como mi hogar, y me sentía empujada fuera de esta sociedad en la que he estado tratando de abrirme paso.

Adeline, trans e intersexual, cuenta que las personas trans se enfrentan a discriminación sistémica en el acceso al empleo, y se queja de que las visiones y opiniones moralistas sobre la prohibición del trabajo sexual no tienen en cuenta su realidad.

Hay un montón de gente de clase media que dice: ‘No me imagino dedicarme al trabajo sexual’. Claro, hasta que estás en una situación en la que tienes que imaginártelo […] porque eso es lo que tienes que hacer para sobrevivir. Así que, básicamente, estamos castigando a quienes no tienen dinero por la falta de imaginación de la clase media […] Estamos haciendo trabajo sexual porque tenemos que sobrevivir, porque nadie me contratará.

De igual modo, “Kiko”, que sufre esclerosis múltiple, subraya las dificultades a las que se enfrenta para hacer otro tipo de trabajo a causa de su discapacidad: Las personas con discapacidad no sólo tenemos relaciones sexuales, sino que algunas también vendemos servicios sexuales porque el empleo tradicional nos es a menudo inaccesible.

Las trabajadoras y los trabajadores sexuales citan, como uno de los motivos de algunas personas para dedicarse a vender sexo, las crecientes dificultades para acceder a una vivienda adecuada en Irlanda. “B.”, madre soltera con un bebé, consiguió recibir el subsidio de desempleo durante la pandemia de COVID-19 pero, según cuenta, al tener que pagar un alquiler mensual de unos 1.000 euros sin ayudas para la vivienda, ese subsidio es totalmente insuficiente. Por eso es por lo que trabajo, dice.

Para otras personas como “Bianca”, brasileña de 34 años, el trabajo sexual era una de las pocas opciones para satisfacer sus necesidades económicas:

He estado estudiando inglés en Irlanda, en un centro de estudios inglés, y haciendo trabajo sexual al mismo tiempo. Voy a clase de nueve de la mañana a cinco de la tarde, y hago trabajo sexual de seis de la tarde a once y media de la noche.

La pandemia de COVID-19 también está influyendo en decisiones individuales. “Rana”, un brasileño de 33 años, cuenta:

Perdí mi trabajo a causa de la pandemia. Trabajaba en un almacén. Por aquel entonces no tenía trabajo y, como mis amigos hacen trabajo sexual y me hablaron de ello, empecé a hacerlo porque no tenía ingresos. Y era difícil pagar las facturas y todo lo demás.

Apoyo a los derechos humanos de las trabajadoras y los trabajadores sexuales

Las trabajadoras y los trabajadores sexuales tienen derecho a la seguridad, a vivir sin violencia (incluida la violencia sexual) y a la igualdad de acceso a una vivienda asequible, atención médica y justicia, como cualquier otra persona.

No se trata tanto de dar esto o aquello como algo especial a quienes se dedican al trabajo sexual […] sino que creo que la cuestión básica aquí es que no es un tema de trabajo sexual. Es un tema de opresión […] Una auténtica comunidad es inclusiva y presta apoyo, subraya “Five”, migrante que se dedica al trabajo sexual.

Es hora de solidarizarnos con los crecientes movimientos de defensa de los derechos encabezados por personas dedicadas al trabajo sexual en Irlanda y otros lugares.

Debemos garantizar que estas personas no son víctimas de violencia, trabajo forzado o trata, que los Estados derogan las leyes que criminalizan el trabajo sexual y dañan a las personas que lo realizan, y que los derechos de estas personas se respetan y defienden.

Es hora de poner fin a la violencia de género, las desigualdades sistémicas, la pobreza y la discriminación que mantiene en los márgenes de la sociedad a quienes realizan trabajo sexual y a otras personas.

Luchemos ahora con estas personas por una sociedad más justa.

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