Por qué el racismo estructural guarda una relación estrecha con las políticas migratorias y los sistemas de asilo

¿Cómo influye el racismo estructural en las políticas migratorias, los sistemas de asilo y la vigilancia de fronteras?

Las fronteras no son simplemente líneas en un mapa o barreras físicas que separan un lugar de otro. Son una compleja infraestructura de control, orden social y exclusión moldeada por jerarquías raciales que hunden sus raíces en historias de colonialismo, esclavitud y otras formas de opresión, como el patriarcado. Hay voces expertas que hablan de “fronteras raciales” para referirse al hecho de que las políticas migratorias, los sistemas de asilo y la vigilancia fronteriza reproducen el racismo sistémico y la discriminación racial.

Estos sistemas se utilizan para crear e imponer ilegalidad y vulnerabilidad. Establecen quién está “dentro” o “fuera”, a quién se debe tratar con recelo, a quién se debe convertir en chivo expiatorio durante una crisis, a quién se debe negar la libertad de circulación y a quién se puede desechar.

En los regímenes fronterizos modernos, la población blanca goza de privilegios frente a las personas racializadas, que son excluidas, a menudo de forma violenta.

¿De qué modo moldea el colonialismo las fronteras o influye en ellas?

Durante la época colonial, las fronteras se moldeaban o imponían de un modo que reflejaba y reforzaba las dinámicas de poder y las ideologías coloniales, o estaba influido por ellas, estableciendo y globalizando la supremacía blanca y construyendo jerarquías raciales.

La Conferencia de Berlín de 1884-1885, por ejemplo, estableció normas para la colonización de África y dividió un vasto territorio entre las potencias europeas, sin tener en cuenta en absoluto a las poblaciones indígenas del continente. Durante el mismo período, se crearon los pasaportes y los sistemas de visados como mecanismos básicos de control de la movilidad, con el fin de identificar a la población extranjera, limitar su capacidad para viajar y gestionar el uso de la población trabajadora migrante.

¿Cómo se refleja esto en los sistemas migratorios actuales?

Las políticas y prácticas migratorias actuales reproducen los prejuicios desarrollados durante la época colonial, por ejemplo, la idea de que los colonos pueden viajar libremente entre su país de origen y sus colonias, mientras que los pueblos colonizados no pueden hacerlo. Los pueblos colonizados solo pueden viajar al país colonial para proporcionarle mano de obra barata.

Estos sesgos se reproducen en las políticas migratorias contemporáneas, ya que la ciudadanía de los países del Norte Global puede viajar con mayor facilidad y a más territorios que la ciudadanía de los países del Sur Global, y con condiciones de visado más favorables.

Amnistía Internacional ha denunciado las políticas de visados de varios países que pretenden permitir la entrada de mano de obra barata procedente de países del Sur Global, pero que en realidad exponen a la población trabajadora migrante racializada a la explotación laboral y otras violaciones de los derechos humanos.

¿A qué se refiere el término “fronteras raciales digitales”?

Según E. Tendayi Achiume, exrelatora especial de la ONU sobre las formas contemporáneas de racismo, discriminación racial, xenofobia y formas conexas de intolerancia, el término “fronteras raciales digitales” designa las formas en que las tecnologías digitales utilizadas en los contextos de asilo y migración contribuyen a afianzar las desigualdades y los perjuicios raciales.

La tecnología digital está influyendo cada vez más en el diseño y la aplicación de las políticas de migración y asilo, desde la vigilancia electrónica, los satélites y los drones hasta el reconocimiento facial, la toma de decisiones algorítmica en los procesos de concesión de visados, los “detectores de mentiras” y el escaneo del iris. El auge de las tecnologías digitales y la denominada tecnología de “fronteras inteligentes” han dado lugar a nuevas alianzas entre gobiernos y empresas, y con ellas a una serie de amenazas para los derechos humanos. El racismo está profundamente arraigado en los sistemas de migración y asilo, por lo que estas tecnologías corren el riesgo de exacerbar los prejuicios raciales y la discriminación.

¿Cómo afectan las fronteras raciales a las personas?

Las fronteras raciales crean una subclase social de personas trabajadoras migrantes racializadas explotadas. Por ejemplo, los Estados aplican políticas de visados abusivas diseñadas para facilitar el empleo de mano de obra migrante barata. Estas políticas colocan a la población migrante en situaciones de gran vulnerabilidad.

Hemos documentado cómo las políticas migratorias crean o contribuyen a la explotación laboral de la población trabajadora migrante racializada en varios países de todo el mundo, entre ellos Arabia SaudíCanadáCorea del SurFranciaHong Kong/ChinaItaliaLíbano y Qatar.

Además, es frecuente que las políticas migratorias, los sistemas de asilo y la vigilancia fronteriza expongan a las personas racializadas a la discriminación y a riesgos potencialmente mortales, al tratar sus vidas como si fueran desechables y menos dignas de protección. Amnistía Internacional lo ha documentado en República Dominicana, donde las políticas migratorias han dado lugar a expulsiones masivas que afectan de manera desproporcionada a las personas haitianas y a las dominicanas de ascendencia haitiana, y que a menudo se aplican mediante criterios raciales y otras prácticas que vulneran los derechos humanos.

¿Existen límites a la discrecionalidad de los Estados a la hora de decidir quién puede visitar sus países y residir en ellos?

Sí. El poder de los Estados para decidir quién puede visitar su territorio y residir en él —al igual que el resto de poderes estatales— está limitado por sus obligaciones en materia de derechos humanos.

En virtud del derecho internacional de los derechos humanos, la prohibición de la discriminación racial protege a la población migrante y refugiada del trato discriminatorio por motivos de raza, color de piel, ascendencia, origen nacional o étnico. El derecho internacional de los derechos humanos también incluye salvaguardias específicas contra la discriminación por otros motivos, como la religión, el género o la discapacidad, entre otros, que a menudo pueden ser racializados.

Una de las formas en que los Estados intentan justificar políticas y prácticas perjudiciales es mantener el falso relato de que las fronteras están diseñadas para proteger, cuando en realidad están diseñadas para controlar, extraer y excluir.

Este enfoque permite a los Estados centrar la atención pública en las denominadas “crisis” fronterizas, en lugar de investigar las causas fundamentales del desplazamiento, la movilidad y la inmovilidad. De hecho, los Estados determinan quién puede desplazarse y quién no con sus políticas migratorias, y a menudo desempeñan un papel estructural que contribuye a las causas fundamentales del desplazamiento. También determinan cómo se concibe el apoyo a la población refugiada y migrante, que más que como una cuestión de justicia y derechos se trata como una cuestión de caridad.

¿Qué se debe hacer?

Se puede y se debe hacer mucho. A corto plazo, los Estados deben abandonar las políticas migratorias discriminatorias y explotadoras, como los visados que vinculan a los trabajadores a un solo empleador o discriminan a las personas mayores y discapacitadas.

Los Estados también deben poner fin a la vigilancia y la violencia como medios de control y gestión de las fronteras. Las políticas migratorias deben garantizar la protección de los derechos de quienes se desplazan o desean hacerlo, y deben guiarse por los valores de justicia, dignidad y solidaridad, dando prioridad a las personas que históricamente han sido marginadas.

A largo plazo, debemos trabajar para lograr un mundo en el que el pensamiento colonial, el capitalismo racial y otras mentalidades violentas no determinen las políticas, nuestras experiencias ni nuestras relaciones con los demás. Es posible imaginar una forma mejor de convivir, en la que la movilidad y la vida en comunidad no estén determinadas por jerarquías raciales, sino que se vean reforzadas por el cuidado y el respeto mutuos.

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