LA BISABUELA LUCHANDO POR AYUDAR A LAS MUJERES VENEZOLANAS EN COLOMBIA

Por Adeline Neau & Duncan Tucker

© Fernanda Pineda/Amnistía Internacional

© Fernanda Pineda/Amnistía Internacional

Como muchas refugiadas venezolanas, Lisbeth ha vivido en carne propia la violencia basada en género.

“A mí lo que me faltó fue femicidio, pero todo: violencia verbal, psicológica, violaciones, maltrato físico, todo, todo, dejarme encerrada,” cuenta la abogada de 60 años en una entrevista con Amnistía Internacional en Bogotá.

Fue su entonces esposo quien abusaba de ella, antes de que Lisbeth se fuera de su país. Pero en muchos casos las mujeres que huyen de la crisis en Venezuela terminan enfrentando violencia física, sexual y emocional en sus países receptores. Ahora, viviendo en Colombia, Lisbeth dedica su tiempo a ayudar a otras mujeres venezolanas y sueña con apoyar a sobrevivientes de violencia basada en género.

Lisbeth trabajó 12 años en la administración pública en Venezuela antes de mudarse a Bogotá y tiene postgrado en derecho procesal civil.

“Mi mayor orgullo fue ver a mis hijos cuando yo me estaba graduando, ya vieja porque me gradué en el año 2013, todos llorando. De mis hermanos soy la única que tiene un título universitario,” dice.

Sus tres hijos salieron de Venezuela antes que ella, uno a Chile y dos a Colombia. Se fueron uno tras otro debido al deterioro de las condiciones de vida en el país y las penurias que ya no les permitían trabajar y sobrevivir. Lisbeth se quedó, pero tuvo que irse a Bogotá en 2019 para ayudar a cuidar a su bisnieta que se había enfermado y cuya mamá, empleada en una tienda, no tenía cómo cuidarlo.

Solo pensaba quedarse un par de meses, pero luego se le agarró la pandemia y fue imposible regresar. Su madre falleció el año pasado y no pudo volver para asistir el velorio por las restricciones sanitarias en Venezuela.

“Eso me afectó muchísimo, últimamente vivo con mucha nostalgia, por supuesto. Pero bueno, ya no hay nada que me motive a regresar.”

Más de seis millones de personas han abandonado Venezuela en los últimos años debido a la crisis humanitaria en el país y las masivas violaciones de derechos humanos que cometen las autoridades.

Colombia ha acogido casi 1,84 millones de ellas, más que cualquier otro país receptor, seguido por Perú con 1,29 millones.

Para Lisbeth, fue difícil dejar atrás la vida que había esforzado por construir. En Venezuela había conseguido tener una casa y un trabajo estable, aunque temía ser perseguida o encarcelada si se oponía a participar en las actividades obligatorias convocadas por el régimen, como sucedió con algunos de sus colegas. En Colombia tuvo que empezar desde cero. Pero tiene poco sentido volver a las penurias, la crisis humanitaria y las violaciones generalizadas de derechos humanos que han sumergido su país natal. Sus hijos le han compartido temer por su seguridad y su salud en caso de que regrese a Venezuela.

Lisbeth cuenta con un Permiso Especial de Permanencia que le permite vivir en Colombia y está en proceso de sacar un Registro Único de Migrantes Venezolanos, un documento vigente por 10 años que le ayudaría a conseguir empleo y acceder a servicios de salud y educación. Sin embargo, aun con la documentación necesaria, conseguir trabajo no es fácil para una refugiada venezolana y menos para una mujer de su edad.

“Yo he ido aquí buscando. Cuando digo que soy venezolana, no. ‘Por su edad, no, señora, yo quería una muchacha’, es lo que me dicen,” explica Lisbeth.

Comenzó a cuidar a bisnieta todo el día mientras su nieta Magaly* trabajaba como vendedora en una tienda. Luego empezó a cuidar al hijo de una colega de su nieta. Después al primito de ella. Y así seguía. A las y los niños les prepara sus comidas y les da de cenar. Juega con ellos e incluso en algunos casos les da clases.

Poco a poco, su fama ha crecido entre el grupo de madres venezolanas que viven en su colonia.

Al haber escuchado a su bisnieta decirle “abuelita”, ahora todo el mundo le dice así.

“Ahorita que estoy cuidando a esos niños me siento útil, primero porque apoyo a otras mujeres y segundo porque es una remuneración que no está mal,” dice con orgullo. “Las apoyo en el sentido de que ellas están trabajando y confían en que sus niños están bien resguardados conmigo.”

Sin embargo, Lisbeth vive con una preocupación tremenda por la seguridad de su nieta. Amnistía Internacional ha documentado que las autoridades colombianas y peruanas no están cumpliendo con su obligación de proteger a las mujeres venezolanas que llegan a sus países ante los altos niveles de violencia y discriminación que enfrentan por su género y nacionalidad, ni de garantizarlas el acceso a la justicia.

Según cifras oficiales, la violencia basada en género contra refugiadas venezolanas en Colombia aumentó un 71% entre 2018 y 2020. En el ámbito familiar, enfrentan violencia económica, patrimonial, física y sexual, predominantemente de sus parejas o exparejas. Y en el entorno laboral, sufren diversas formas de violencia y explotación laboral, incluida la cooptación para trabajo con fines de explotación sexual.

En el caso de Magaly, cuando dejó al padre de sus hijos en Venezuela, él empezaba a buscar y amenazarla. “Él vivía cerca de donde yo [vivía], él iba todos los días ‘¿cuándo se viene Magaly?’” cuenta Lisbeth. “Yo le dije: ‘Magaly se fue con un permiso por unos meses’. A él yo le había prestado mi teléfono y por el teléfono le escribía amenazándola, que si no regresaba me iba a matar a mí, que él tenía una pistola y que cuando me viera en la parada me iba…”

Ahora que Lisbeth vive con Magaly en Bogotá, teme que su ex les vaya a encontrar: “es como un miedo latente, nosotros no sabemos en qué momento se pueda aparecer ese muchacho.”

Además, a Lisbeth le preocupe la relación que Magaly tiene con su pareja actual, quien es el dueño del local donde ella trabaja. Dice Lisbeth que él le lleva más de 20 años a Magaly, no le da vacaciones ni las prestaciones debidas, y cada vez que tienen problemas en su relación le afecta su estabilidad laboral. Según Lisbeth, le insulta seguido a Magaly, la aplica chantaje económico y emocional y le ha corrido tres veces por temas sentimentales no relacionados con su trabajo.

Se han reconciliado cada vez, pero ahora Magaly se encuentra en una situación muy vulnerable. Si terminara la relación no solo perdería su trabajo, sino también su casa, ya que ella y Lisbeth viven en un departamento que él les renta.

“Si ella deja de trabajar con él tenemos que desocupar, quedarnos en la calle otra vez,” dice Lisbeth. “Entonces por eso a ella le pasó como a mí, aguantar y aguantar, hasta que llega un momento en que dices yo no puedo.”

Desde hace tiempo, Lisbeth sueña con abrir una casa abrigo para mujeres y niñas sobrevivientes de la violencia basada en género, para que ninguna se quede en la calle. Cuando estaba estudiando derecho en Venezuela, participó en un proyecto para construir un refugio, pero no lograron finalizarlo debido a la situación en el país.

“Dejamos la puerta abierta para que otro grupo pudiera realizarlo, porque hicimos estudios, hicimos encuestas, dimos charlas en escuelas, en la comunidad, en casas comunales, en plazas, en donde les estábamos diciendo a las mujeres, a las niñas y a las adolescentes que había una ley que ahora las protegía,” cuenta ella.

Lisbeth ha estado viviendo día a día debido a todo lo que ha pasado desde que llegó a Colombia, pero ahora quiere enfocar su energía en ayudar a otras mujeres en Colombia que han vivido experiencias parecidas a las de ella y su nieta.

“Me gustaría conseguir un trabajo acorde a lo que yo estudié. Que yo pudiera ayudar a otras personas, que las pudiera orientar, que las pudiera apoyar, que les pudiera decir: ‘mira tú tienes el apoyo de esta institución, de esta fundación, no te quedes aguantando’, eso me gustaría muchísimo,” dice Lisbeth.

“Yo lo he visualizado mucho de trabajar mi profesión aquí o si me regreso a Venezuela para apoyar a las mujeres, a las mujeres que están indefensas, que tienen que depender de una persona, que viven eternamente amenazadas, ayudar a esas personas y tener un sitio donde abrigarlas. Que las mujeres sientan que sí hay quien las apoye, que sí tienen un futuro, que no tienen por qué seguir aguantando. Yo visualizo mucho que yo voy a trabajar en eso.”

*Se ha cambiado su nombre para proteger su identidad.

Adeline Neau es investigadora de Amnistía Internacional. Duncan Tucker es el jefe de medios para las Américas de Amnistía Internacional.

Este texto fue publicado originalmente por Rolling Stone Colombia.