Trabajadoras domésticas filipinas revelan los abusos que sufrieron en Arabia Saudí
Varias mujeres filipinas que trabajan en viviendas particulares en Arabia Saudí están sobrecargadas de trabajo, y son explotadas y objeto de tratos inhumanos y degradantes, incluidas agresiones sexuales, todo lo cual es propiciado por el abusivo sistema laboral y la ausencia de protecciones efectivas.
Amnistía Internacional pide al gobierno de Arabia Saudí que investigue inmediatamente todas las denuncias de abusos, haga responder ante la justicia a los perpetradores, y garantice inspecciones laborales adecuadas y proactivas.
Aquí, dos de las mujeres entrevistadas para el nuevo informe de Amnistía,“Once we step in their homes, we are no longer human”: Testimonies of Filipino women domestic workers in Saudi Arabia, cuentan su historia.
“Creí que mi cuerpo iba a colapsar”
Gloria* trabajó como empleada doméstica en Arabia Saudí durante dos años
Decidí aceptar un empleo en Arabia Saudí cuando tenía 44 años. Mi hijo estaba en la universidad y el sueldo de mi esposo no daba para pagar las facturas. Yo había trabajado en Kuwait y había sido una experiencia positiva.
Encontré una agencia de colocación legítima en Facebook que tramitó mi documentación y gestionó gratuitamente un examen médico, así como capacitación. La agencia me dijo que leyera bien mi contrato para asegurarme de que había entendido todo. Dije que trabajaría ocho horas al día.
Pero, cuando llegué, el horario laboral no se cumplía. Después de ocho horas de trabajo, la familia llamaba a mi puerta diciéndome que había más trabajo en la casa. Era continuo. Tenía 15 minutos de descanso [en toda la jornada laboral] si había suerte. No me dejaban tomarme un día libre; de hecho, el único momento en que salía era durante un picnic familiar en el que tenía que cuidar a uno de los miembros de la familia.
Durante cinco meses trabajé de 6 de la mañana a 8 de la noche. Ni siquiera tenía tiempo para ir al baño. En la casa vivían siete personas y siempre querían algo.
Les dije lo que establecía mi contrato, pero me dijeron que acudiera a agencia si tenía algún problema.
Una de los miembros de la familia tenía una discapacidad, por lo que, cuando estaba trabajando, también tenía que vigilarla, lo que me hacía estar más atenta.
Hacía de todo: cocinar, limpiar, ordenar la ropa y cuidar de los adolescentes.
En total, me pagaban 400 dólares estadounidenses al mes, pero cada mes me quedaba sin nada después de pagar la universidad y el alojamiento [de mi hijo].
En Ramadán creí que mi cuerpo iba a colapsar: estaba muy cansada, estresada y apenas dormía.
*Gloria, trabajadora doméstica
Después de cinco meses, hablé con mi agencia, que me dijo que volviera en un mes; pensé que quizá habían hablado con mi jefa, pues me dijeron que defendiera mis intereses yo misma.
Las cosas mejoraron un tiempo, y cuando iba a descansar, intentaba quedarme allí una hora; sin embargo, seguían llamándome para darme trabajo que hacer.
En Ramadán creí que mi cuerpo iba a colapsar: estaba muy cansada, estresada y apenas dormía.
En un momento dado, empezaron a pagarme cada vez más tarde. De hecho, no me pagaron todo hasta que volví a casa. Tienes que luchar por ti misma, porque si no, no van a darte lo que te mereces.
Después de dos años, ya estaba lista para volver a casa. Ya había colapsado; tenía la presión sanguínea por las nubes. Estuve hospitalizada una noche y cuando volví a la casa, me hicieron trabajar a pesar de que estaba mareada.
Además de los problemas con el horario, uno de los hijos me gritaba y a veces se restregaba contra mí y me tocaba como si quisiera comprobar si me echaba atrás o me defendía o si me lo iba a tomar a broma. Me preocupaba que me pasara algo malo si me quedaba más tiempo.
Al final, intentaron convencerme para que me quedase y supe que la única forma en que me dejarían marchar era yéndome de vacaciones firmando un contrato en el que decía que volvería en cuatro meses. Sin embargo, una vez transcurrido ese tiempo, los bloqueé y corté todo contacto. Mi decisión de marcharme fue por mi propia seguridad.

Una trabajadora doméstica filipina limpia una puerta de cristal durante un curso intensivo sobre tareas domésticas impuesto por el gobierno en Manila.
“Tenía miedo de lo que podría pasar si me quedaba más tiempo… Tenía miedo de que me violaran”
Isabelle* fue trabajadora doméstica en Arabia Saudí durante tres meses
Como muchas otras personas, decidí trabajar en el extranjero para ofrecer un futuro mejor a mi familia. Tengo cinco hijos. Durante la pandemia, mi esposo perdió su trabajo, y ni siquiera después pudo encontrar otro. En ese momento, yo trabajaba en un bar [en Filipinas], pero no era suficiente.
Quería ganar más. Por eso cuando alguien me ofreció un trabajo fuera, aproveché la oportunidad sin saber que se convertiría en mi peor pesadilla. Después de todo lo que ocurrió, me dije que nunca volvería a pasar por eso.
Cuando llegué a Arabia Saudí en julio de 2023, la agencia ya estaba esperándome. Me llevaron a su alojamiento y, ese mismo día, vino a buscarme mi empleadora, la que figuraba en mi contrato. Al principio fue simpática. Cuando llegamos a la casa, me dio comida y me dijo que descansara. Dijo que al día siguiente iríamos a casa de su madre.
Allí es donde las cosas se pusieron realmente difíciles para mí. Su madre era muy estricta, especialmente en lo que se refiere a la comida. Había nueve personas en la casa. Trabajaba ahí cinco días a la semana, y luego, trabajaba dos días en la casa de mi propia empleadora, donde eran siete personas. Pero mi contrato decía que solo trabajaría para una familia de cinco.
Me despertaba hacia las 5 de la mañana y solo me iba a dormir hacia las 2 de la mañana. Dormía unas dos horas cada noche.
*Isabelle, trabajadora doméstica
Hacía de todo: toda la limpieza, todo el trabajo. Cuando tenían visitas, no paraba de trabajar hasta que se había ido todo el mundo. Incluso en días normales tenía que hacerlo todo, hasta cuidar del bebé de mi empleadora y dormir a su lado.
La comida era muy limitada. Solo podía comer arroz una vez a la semana. La mayoría de los días solo comía fideos instantáneos y huevos. Y solo me permitían un huevo porque la madre los contaba. Era muy estricta en eso. Me despertaba hacia las 5 de la mañana y solo me iba a dormir hacia las 2 de la mañana. Dormía unas dos horas cada noche.
Lo que más temía era cuando mi empleadora me pedía que limpiase su habitación, porque su esposo solía estar allí. Un día, al retirar el edredón de la cama, me lo encontré debajo, masturbándose y pidiéndome que me acostara a su lado. Salí corriendo de la habitación y subí a la azotea. Me escondía allí porque podía cerrar con llave y él no podría alcanzarme. A veces pensaba que prefería estar en casa de la madre. El trabajo allí era excesivo y muy difícil, pero al menos me sentía más segura.
Llamé a mi esposo y le dije que realmente quería volver a casa. No podía soportarlo más. Pero me quedé tres meses porque estaba tratando de encontrar una forma de huir sin riesgos. Tenía miedo de lo que pudiera pasar si me quedaba más tiempo… Tenía miedo de que me violaran.
Me ayudaron otras personas de mi país que vivían cerca. Me llevaron a la embajada en una furgoneta sin ventanas en octubre de 2023. Era un trayecto de siete horas y hacía mucho calor. No me llevé nada porque me dijeron que podían acusarme de robo, incluso si las cosas fueran mías. Cuando llegué a la embajada, mi empleadora también llegó después y me devolvió mis pertenencias, incluido mi teléfono y mi pasaporte, y me rogó que no denunciara a su esposo.
*Se han modificado los nombres para proteger la identidad de las personas citadas. Las fotos empleadas son imágenes de archivo.
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